La tierra del sol, el espeto y la sonrisa siempre da buenos frutos en lo que se refiere al panorama musical. Aunque esta vez presentamos al mundo el secreto mejor guardado de Gravity, los mejores y más veteranos estudios de la ciudad. Sale a la palestra con toda la fuerza y, sobre todo, la mayor proyección internacional, no sea que España siga adormecida. El cielo es el límite para esta banda de ocho integrantes ensamblados musicalmente e indefinidos estilísticamente. En este caso, esta definición deviene virtud porque… ¿Para qué encorsetar a un grupo cuyo límite es el cielo?

Además, Jammin’ Dose no son nuevos en esto: llevan actuando (y llenando) desde hace más de lo que podéis imaginar y lo realmente curioso es que aquí el proceso se invierte: antes sacabas un disco y se generaban expectativas y se actuaba lo que se podía o te dejaban. En los tiempos locos que vivimos primero te curtes el lomo, tragas asfalto y luego (si eso) editas tu álbum. Pues en este caso, el álbum no es un trámite para vender en un puesto de merchandising ni una excusa para actuar, estamos ante un ejercicio de sonido impecable, de alquimia artística conjuntada y de libertad, aunque sin caer en el “todo vale”. El que quiera escuchar sonidos balcánicos, proclamas fatuas y positividad de bolsillo que se abstenga de degustar este largo.

“Deadline” son diez canciones que pueden escucharse de vuelta a casa tras dejar a tu chica, (“Wrong Pillow”), cuando te vas a ver a tu amante a la playa (“Action”) o cuando te cabreas con el mundo y miras adentro (“Hater”) o cuando te quieres “poner negrata” (“So High”). Jammin’ Dose nos recuerdan a los clásicos (Crosby, Stills, Nash and Young, Neil Young, Tom Petty o incluso Otis Redding) pero también a otras bandas como Maroon 5, sobre todo por ese timbre tan atrayente de Pablo, su solista o la más cercana L.A., eso sí, con más lamentos y menos electricidad en el amplificador. La sombra de los norteamericanos SOJA también se deja notar, algo que los “reggae-adictos” sabrán valorar.

Puede que este disco no esté grabado en Muscle Shoals, pero suena genial, cada nota en su sitio y, queremos recalcarlo, con un perfecto inglés. Algo que es de agradecer habida cuenta de las tropelías en nombre de la lengua de Shakespeare que pueden catarse en el panorama. Jammin’ Dose ha apostado por hacer las cosas bien, con calma, sin oportunismos, estableciendo una Ruta 66 entre la calidad y lo vendible a “to quisqui”. Era hora de que alguien trabajase en esa senda sin ser tachado de vendido por aquellos hípsters que creen haber descubierto con sus barbas a ZZ Top.